Un clásico dulce de las tardes peruanas. Dos tapitas pálidas y delicadas de maicena se deshacen alrededor de un corazón generoso de manjar blanco, con azúcar impalpable por encima. Suave, quebradizo y entrañable: uno de esos bocados que desaparecen antes de que enfríe el café.

Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.

Cierne juntos la maicena, la harina sin preparar y la sal en un bowl. Mezcla apenas unos segundos para repartirlos bien; esta base fina ayuda a que las tapitas queden parejas y sin pequeños grumos secos.
Bate la mantequilla sin sal con la mayor parte del azúcar en polvo durante 2 minutos, hasta que esté cremosa, uniforme y ligeramente más pálida. Agrega las yemas y mezcla solo hasta integrarlas; no necesitas incorporar mucho aire.
Agrega los secos en 2 tandas y únelos con las manos, presionando suavemente hasta que no queden zonas sueltas. No amases: apenas la masa pueda compactarse, forma un disco, cúbrelo con film y refrigera 15 minutos, hasta que esté firme pero todavía pueda doblarse sin quebrarse. Mientras tanto, precalienta el horno a 160 °C.
Estira la masa hasta unos 5 mm de grosor y corta 32 tapitas parejas. Colócalas sobre una bandeja con papel manteca y hornéalas a 160 °C por 12 a 14 minutos, hasta que la superficie esté seca y pálida y solo la base empiece a tomar un color muy tenue. Sácalas antes de que se doren: el exceso de horno les quita esa textura fundente.
Pasa las tapitas con cuidado a una rejilla y déjalas enfriar 10 a 15 minutos, hasta que estén completamente firmes y a temperatura ambiente. Rellena la mitad con manjar blanco, cubre con las tapitas restantes sin presionar fuerte y espolvorea encima el resto del azúcar en polvo. ¡Y listo! Si la tapita se quiebra delicadamente y luego se deshace junto con el manjar, ese es el alfajor que estábamos buscando. 😌