Cremosidad absoluta definida por el frescor natural de la fruta y la textura sedosa del helado. Es el antojo clásico que nos transporta a la merienda perfecta, un equilibrio vibrante entre dulzor y acidez. Directo, helado y con esa energía frutal que solo un buen batido puede entregar.

Lava las fresas, retira las hojas y córtalas en mitades. Mézclalas con el azúcar blanca y una pizca de sal, y déjalas reposar 5 minutos, hasta que brillen y suelten juguito rojo.
Agrega a la licuadora las fresas con su jugo, la leche, el helado de vainilla y la esencia de vainilla. Licúa por 35 a 45 segundos, hasta que el batido quede liso, rosado y espeso. Si lo quieres más suelto, añade apenas un chorrito extra de leche.
Sirve el batido de inmediato, bien frío y todavía aireado. No lo dejes esperando: en pocos minutos pierde espuma y se vuelve más líquido.
Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.
