Una fritura peruana humilde que conquista por textura antes que por adornos. La masa fina se infla en el aceite, queda dorada en los bordes y deja pasar un perfume suave de anís bajo una capa ligera de miel. Es difícil sacar una de la sartén sin que la siguiente ya tenga dueño.

Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.

Mezcla la harina, el azúcar, el anís, el polvo de hornear y la sal. Incorpora la mantequilla blanda y el huevo; luego agrega el agua poco a poco mientras unes la masa. Amasa por 5 a 6 minutos, hasta que quede lisa, flexible y apenas húmeda, pero ya no se pegue a las manos.
Cubre la masa con un paño y déjala reposar 15 minutos. Al terminar, debe sentirse más relajada y estirarse con facilidad; este descanso corto basta para que no se encoja cada vez que pases el rodillo.
Divide la masa en 6 porciones y forma bolas. Estira cada una con el rodillo hasta obtener discos finos, de unos 2 a 3 mm, con grosor parejo. No importa que queden perfectamente redondas; importa que no haya zonas gruesas que permanezcan crudas al freír.
Calienta el aceite vegetal en una sartén amplia a fuego medio-alto. Está en buen punto cuando un pedacito de masa sube enseguida rodeado de burbujas, pero no se oscurece al instante. Fríe las cachangas de una en una por 1 a 1½ minutos por lado, hasta que estén infladas en partes, doradas y crocantes en los bordes; si toman color antes de inflarse, baja un poco el fuego. Escúrrelas sobre papel absorbente apenas salgan.
Pasa las cachangas a una fuente y reparte la miel de abeja en hilos finos mientras todavía están calientes, sin empaparlas. Si crujen al partirlas pero conservan un centro ligeramente elástico y el anís aparece después del primer mordisco, quedaron en su punto. ¡Y listo! Ponlas al centro y mira cuánto duran. 😌