Ahumado amazónico sin intermediarios: cecina dorada apenas hasta tensar los bordes, maduro caramelizado y una salsa de cocona con ají charapita que limpia cada bocado. Sal, humo, dulzor y acidez se turnan sin estorbarse. El aroma que queda en la sartén suele convocar tenedores antes de tiempo.

Pela la cocona, retira la parte central con semillas y córtala en cubos pequeños. Pica fina la cebolla morada, el ají charapita y el sacha culantro; mézclalos con el jugo de limón y la sal hasta que la cocona empiece a soltar jugo. Déjala fresca y con trozos definidos: buscamos una salsa jugosa, no un puré.
Pela el plátano maduro y córtalo en tajadas diagonales gruesas. Calienta la mayor parte del aceite en una sartén amplia a fuego medio y fríelo por
Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.

Si las piezas de cecina son muy grandes, córtalas en porciones para servir; no añadas sal porque ya vienen curadas. Sube el fuego y agrega el resto del aceite si la sartén quedó seca. Fríe la cecina por 1 a 2 minutos por lado, hasta que esté bien caliente, brillante y con algunos bordes crocantes, pero todavía flexible al doblarla. Retírala apenas llegue a ese punto: más tiempo solo la endurece.
Sirve inmediatamente la cecina con el plátano maduro todavía caliente y una buena porción de salsa de cocona al costado. El contraste correcto es claro: carne ahumada y salina, maduro blando y dulce, y cocona fresca que devuelve hambre después de cada bocado. ¡Y listo! Si alguien empieza a robar maduritos desde la fuente, ya llegaste tarde para poner orden.