El dulzor tostado del árbol sagrado transformado en un elíxir ambarino de notas silvestres. Es la herencia de los Andes que refresca el alma y nos reconecta con la tierra en cada sorbo. Un ritual líquido que celebra la paciencia y el sabor de lo ancestral.

Limpia los frutos de molle y retira ramitas o polvo visible. Machácalos en mortero o batán hasta quebrarlos; no los vuelvas harina, solo ábrelos para que entreguen aroma y dulzor.
Pon el agua en una olla grande con el molle machacado, la canela en rama y los clavos de olor. Lleva a hervor suave y cocina 35 minutos, hasta que el líquido tome color ámbar y huela dulce, resinoso y andino.
Agrega la chancaca y mueve 5 minutos, hasta que se disuelva por completo. El mosto debe quedar dulce, pero no empalagoso; la fermentación se llevará parte de ese dulzor.
Cuela el mosto con colador de malla fina y deja que baje hasta tibio, alrededor de
Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.

Pasa el mosto tibio a un frasco o recipiente limpio y mezcla la levadura seca. Cubre sin cerrar hermético y deja fermentar 24 horas a temperatura ambiente fresca, hasta que huela ligeramente ácido y aparezca vida en la superficie.
Cuela otra vez si quedó sedimento y refrigera la chicha de molle por 2 horas. Debe quedar más limpia, fresca y con acidez suave, no plana.
Sirve fría o fresca, moviendo suavemente antes de servir si se separó un poco. La bebida debe sentirse ambarina, dulce-ácida y con perfume de molle, no como infusión aguada.