Costillitas finas de cabrito con un rebozado clásico de harina, huevo y pan rallado, fritas hasta quedar doradas y crujientes. La receta es deliberadamente sencilla: carne tierna, costra fina y fritura breve, sin marinadas que escondan el sabor delicado del cabrito.

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Usa la carne de cabrito cortada por el carnicero en unas 12 costillas o chuletillas finas, idealmente de grosor parejo. Sécalas muy bien con papel absorbente, revisa que no tengan astillas de hueso y, si alguna parte carnosa supera aproximadamente 1.5 cm, dale unos golpes muy suaves con el mazo para emparejarla sin romper el hueso.
Sazona las costillas por ambos lados con la sal de mesa y la pimienta negra molida. No necesitan marinada: en este plato el objetivo es conservar el sabor delicado del cabrito y mantener seca la superficie para que el rebozado se adhiera bien.
Prepara tres recipientes: uno con la harina sin preparar, otro con el huevo bien batido y otro con el pan rallado. Pasa cada costilla por harina y sacude el exceso; luego por huevo y finalmente por pan rallado, presionando suavemente para formar una capa fina, uniforme y completamente adherida.
Deja reposar las costillas rebozadas 5 minutos sobre una tabla, sin apilarlas. El exterior debe sentirse seco al tacto y el pan rallado no debe desprenderse al levantarlas; este breve descanso ayuda a que la costra sobreviva intacta a la fritura.
Calienta el aceite vegetal a aproximadamente 175 °C y fríe las costillas en tandas pequeñas durante unos 4 a 5 minutos en total, girándolas para dorar ambos lados. La costra debe quedar dorada y crujiente. Comprueba la parte carnosa más gruesa con un termómetro: debe alcanzar al menos 63 °C antes de retirarla. No amontones la olla ni permitas que el aceite humee.
Pasa las costillas a papel absorbente y déjalas reposar 3 minutos antes de comer. Sírvelas inmediatamente: la costra debe crujir al morder y la carne junto al hueso conservarse jugosa y tierna. Son pequeñas y están hechas para comerse calientes, incluso con las manos. 🍖