El clásico americano que ya vive cómodamente en nuestras casas: galletas mantequillosas con bordes dorados, centro tierno y abundantes chispas de chocolate. El azúcar rubia aporta profundidad acaramelada y una corta refrigeración controla la expansión sin complicar una receta que debe seguir siendo fácil.

Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.

Deja la mantequilla sin sal a temperatura ambiente hasta que esté suave pero no derretida. Mézclala con el azúcar rubia y el azúcar blanca durante 1 minuto, hasta obtener una crema uniforme y ligeramente esponjosa.
Agrega el huevo y el extracto de vainilla. Bate durante unos 30 segundos, solo hasta que la mezcla se vea lisa y completamente integrada.
Añade la harina sin preparar, el bicarbonato de sodio y la sal. Integra con espátula solo hasta que desaparezca la harina seca; agrega las chispas de chocolate y mezcla unas pocas veces más para repartirlas. La masa debe quedar suave, espesa y moldeable, no líquida ni amasada.
Divide la masa en 12 porciones parecidas y forma bolas sin apretarlas demasiado. Colócalas separadas sobre una bandeja cubierta con papel manteca y refrigera durante 15 minutos. Mientras enfrían, precalienta el horno a 180 °C.
Hornea a 180 °C durante 10 a 12 minutos, hasta que los bordes estén dorados y firmes, mientras el centro todavía se vea ligeramente suave. No esperes que toda la galleta parezca cocida dentro del horno: terminará de asentarse con el calor residual.
Deja las galletas sobre la bandeja durante 5 minutos antes de pasarlas a una rejilla. Ese reposo fija la base sin secar el centro. ¡Y listo! Bordes dorados, centro tierno y chocolate en cada mordida: exactamente lo que una chocochip debe ser. 🍪