Crema andina de textura sutil definida por el grano perlado de la kiwicha y el aroma cálido de la canela. Es el refugio dulce de nuestras mañanas, un postre que nutre el alma y nos conecta con el corazón de los Andes. Meloso, nutritivo y profundamente reconfortante.

Enjuaga la kiwicha en colador de malla fina bajo agua fría y escúrrela bien. No la frotes como si fuera arroz: el grano es pequeño y se puede escapar si le declaras guerra.
Pon el agua, la canela en rama, los clavos de olor y la sal en una olla. Lleva a hervor suave por 3 minutos, hasta que el agua huela especiada y cálida.
Agrega la kiwicha escurrida y cocina a fuego medio-bajo por 20 a 22 minutos
Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.

Retira la canela y los clavos si los encuentras. Añade la leche, la leche evaporada y el azúcar blanca; mezcla bien para que el dulzor se disuelva sin raspar el grano.
Cocina a fuego bajo por 8 a 10 minutos, moviendo seguido, hasta que la bebida quede cremosa y fluida. No dejes que hierva fuerte: leche peleada con olla siempre cobra venganza.
Apaga el fuego y agrega la esencia de vainilla si la usas. Deja reposar 5 minutos para que la kiwicha termine de soltar cuerpo y la bebida se asiente.
Sirve caliente o tibia. Debe caer melosa, con granitos tiernos de kiwicha y aroma claro a canela; si espesa demasiado al reposar, afloja con un chorrito de leche caliente.