Dulzura sedosa definida por la fragancia del damasco y la fuerza noble del pisco. Es la esencia de los valles del sur, un elixir de paciencia que transforma la fruta en una joya líquida de color ámbar. Una celebración de la espera, perfecta para compartir momentos que merecen ser recordados.

Lava los damascos, sécalos bien, córtalos en mitades y retira los huesos. Descarta partes golpeadas o muy blandas; en un macerado largo, una fruta mala arruina todo el frasco.
Calienta el agua con el azúcar rubia por 3 a 4 minutos, hasta que se disuelva y quede un almíbar ligero. Apaga y deja enfriar 12 minutos; no lo mezcles caliente con el pisco.
Coloca los damascos en un frasco de vidrio limpio y seco. Agrega el pisco quebranta y el almíbar frío, cierra bien y mueve suave. Guarda en un lugar fresco y oscuro por 14 días, moviendo el frasco cada 2 o 3 días para que la fruta perfume parejo.
Cuela el macerado con malla fina, sin aplastar demasiado la fruta para que no enturbie el licor. Embotella en frasco limpio y sirve en porciones pequeñas, frío o a temperatura ambiente.
Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.
