Vibrante color anaranjado y un picor elegante que define la identidad de nuestra mesa. Es el ingrediente invisible que transforma guisos sencillos en obras maestras de la cocina peruana. Un básico esencial, sedoso y potente para despertar cualquier aderezo.

Corta los ajíes amarillos a lo largo y retira tallos, semillas y venas. Trabaja con cuidado y no te toques los ojos; aquí se controla el picor desde el inicio.
Cubre los ajíes con agua y hierve por 8 minutos, hasta que la piel se vea más suelta y el aroma pierda el golpe crudo. Cuela y deja entibiar lo justo para manipularlos.
Pela los ajíes con paciencia corta: la piel debe salir fácil después del hervor. Si algún pedacito se resiste, no pelees media vida; retira lo grueso para lograr una pasta más fina.
Licúa los ajíes pelados con el aceite vegetal y la sal por 1 minuto, hasta que la pasta esté lisa, brillante y espesa. Si la licuadora se traba, agrega apenas un chorrito de agua limpia, no la conviertas en salsa aguada.
Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.

Pasa la pasta a un frasco de vidrio limpio y deja enfriar antes de tapar. Debe quedar naranja intenso, sedosa y con picor claro; úsala como base para aderezos, salsas y guisos.