Dulzura quebradiza con el corazón meloso de la piña. Un bocado tradicional que nos conecta con las ferias de los Andes, donde la masa de maíz y trigo se deshace en el paladar con cada mordisco. Un clásico rústico, humilde y lleno de historia.

Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.

Pica la piña en cubitos pequeños y cocínala con la azúcar blanca granulada del relleno, el jugo de limón, la canela molida y el clavo de olor molido por 12 a 15 minutos, hasta que suelte jugo, se reduzca y huela a feria dulce.
Disuelve el almidón de maíz en una cucharada del jugo caliente del relleno y devuélvelo a la olla. Cocina 2 minutos más, moviendo, hasta que la piña quede espesa y brillante; enfría 10 minutos antes de usar.
Mezcla la harina de trigo, la harina de maíz, la azúcar blanca granulada de la masa, el polvo de hornear, la sal y el anís en grano. Agrega la manteca y frótala con los dedos hasta lograr una textura de arena gruesa.
Bate los huevos con la leche y agrégalos a la mezcla seca. Une sin amasar de más, solo hasta formar una masa suave y quebradiza; si la trabajas demasiado, pierde esa gracia arenosa.
Cubre la masa y déjala reposar 10 minutos. Luego estírala con rodillo hasta un grosor delgado pero manejable, y corta 24 discos para formar 12 pastelitos.
Pon una cucharada de relleno de piña al centro de la mitad de los discos. Cubre con los otros discos y presiona los bordes con cuidado para sellar; no aplastes el centro, queremos corazón meloso, no fuga tropical.
Calienta el horno a 180 °C y acomoda los pastelitos en bandeja con papel manteca. Hornea 18 a 22 minutos, hasta que estén apenas dorados en bordes y base, con la superficie seca y frágil.
Deja reposar los pastelitos 15 minutos antes de moverlos. Sírvelos a temperatura ambiente, cuando la masa ya quiebra limpio y el relleno de piña queda meloso sin quemar la boca.