Crocancia exterior y alma harinosa definida por el perfume del romero y el ajo asado. Es el acompañamiento universal que celebra la nobleza del tubérculo, un bocado vibrante que reconforta en cada mordida. Dorado, crujiente y esencialmente perfecto.

Calienta el horno a 220 °C y deja dentro una bandeja vacía para que tome temperatura. Pela la papa blanca si quieres un acabado más limpio, o déjala con piel si está bien lavada; córtala en trozos medianos y parejos.
Pon a hervir el agua con la sal de cocción y el bicarbonato de sodio. Agrega la papa blanca y cocina por 8 a 10 minutos, hasta que los bordes estén apenas suaves pero el centro todavía conserve cuerpo.
Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.

Escurre la papa blanca y déjala respirar 3 minutos en el colador. Luego sacúdela con cuidado para romper un poco los bordes: debe verse rugosa, no hecha puré.
Mezcla la papa blanca con el aceite de oliva, la sal final y la pimienta negra molida hasta cubrir bien cada trozo. Pásala a la bandeja caliente en una sola capa; debe sonar un pequeño chisporroteo al tocar el metal.
Hornea por 25 minutos, voltea las papas y sigue 15 minutos más, hasta que se vean doradas y crujientes en varias caras. Si alguna zona se dora demasiado rápido, mueve la bandeja de posición.
Machaca ligeramente el ajo y mezcla con el romero. Reparte sobre las papas y hornea 5 minutos más, solo hasta que el ajo perfume sin quemarse. Sirve caliente, con los bordes todavía crujientes.