Un guiso puneño de quinua trabajado hasta quedar espeso, meloso y todavía reconocible grano por grano. La leche, la mantequilla y el queso fresco redondean una base sencilla, mientras el anís deja apenas ese perfume serrano que aparece al final. Una olla humilde que, cuando queda en su punto, desaparece antes de decidir si era desayuno o almuerzo.

Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.

Lava la quinua blanca en varias aguas, frotándola suavemente entre las manos y cambiando el agua hasta que salga casi limpia y ya no forme tanta espuma. Escúrrela bien. Este lavado importa: una quinua mal enjuagada puede dejar el pesque con amargor incluso después de añadir los lácteos.
Pon la quinua en una olla con toda el agua, el anís en grano y la mitad de la sal. Lleva a hervor, baja el fuego y cocina por 18 a 20 minutos, moviendo de vez en cuando, hasta que el grano esté completamente abierto y tierno y quede muy poco líquido libre. Si todavía está firme cuando el agua casi desaparezca, añade unas cucharadas de agua caliente y continúa la cocción.
Baja el fuego al mínimo y trabaja la quinua con una cuchara de madera durante 2 minutos, aplastando una parte contra las paredes de la olla mientras dejas bastante grano entero. Agrega la leche evaporada poco a poco, la mantequilla, siete décimas partes del queso fresco desmenuzado y el resto de la sal. Cocina por 4 a 5 minutos, moviendo constantemente, hasta que quede espeso, brillante y pesado al pasar la cuchara, pero todavía cremoso y no seco.
Apaga el fuego, incorpora el resto del queso fresco y deja reposar 3 minutos. Sirve inmediatamente: el pesque correcto mantiene una textura de mazamorra salada y cremosa, con quinua visible y pequeños trozos de queso todavía suaves. ¡Y listo! Acerca la cuchara antes de que enfríe; este plato entiende bastante poco de porciones ceremoniosas 😌