Un clásico norteamericano de costra rugosa y crujiente, con pollo jugoso y bien sazonado. Esta versión casera conserva el carácter del fried chicken sin ingredientes difíciles de conseguir. Dorado, sabroso y de esos que hacen imposible dejar una sola pieza.

Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.

Seca bien las presas de pollo con papel absorbente. Mezcla la leche fresca con el jugo de limón, dos quintas partes de la sal, el ajo en polvo, el pimentón ahumado, la cayena y la pimienta, usando aproximadamente dos quintas partes de cada especia. Incorpora el pollo, cúbrelo bien y refrigera 20 minutos.
Mientras marina el pollo, mezcla la harina, la maicena y el resto de la sal, ajo en polvo, pimentón, cayena y pimienta. Reparte bien las especias con los dedos hasta que la mezcla tenga un color uniforme.
Agrega el resto de la leche marinada a la mezcla seca y frótala con las yemas de los dedos hasta formar pequeños grumos. Saca una presa a la vez de la marinada, deja escurrir el exceso y presiónala firmemente contra la harina, levantando mezcla sobre todos sus lados. La cobertura debe quedar rugosa, seca por fuera y bien adherida.
Calienta el aceite vegetal en una olla grande hasta 165°C. Fríe el pollo en tandas sin amontonar, manteniendo el aceite aproximadamente entre 160 y 170°C, y voltéalo cada pocos minutos. Cocina durante 12 a 16 minutos, retirando cada presa cuando esté dorada profundamente, muy crujiente y alcance al menos 74°C junto a la parte más gruesa de la carne sin tocar el hueso.
Pasa cada tanda a una rejilla enfriadora para que el vapor salga también por debajo y la costra no se ablande. Sirve el pollo apenas termine la última tanda, cuando siga caliente, jugoso y con una costra que cruje al morder. ¡Y listo! Si hace ruido al primer mordisco, hiciste exactamente lo que veníamos a hacer. 🔥