Crocante tradición norteña que se deshace en la boca con un sutil aroma a anís y el alma de Trujillo. Estas roscas entrelazadas son el equilibrio perfecto entre una textura arenosa y un dorado pálido irresistible. Un bocado humilde que eleva cualquier cafecito de la tarde.

Cierne la harina de trigo, el azúcar en polvo y la sal en un bowl. Agrega el anís en grano y mezcla apenas para repartirlo bien.
Agrega la manteca vegetal y frótala con la mezcla seca por 2 minutos, hasta que parezca arena húmeda y fina. No deben quedar pegotes grandes de grasa.
Añade el agua poco a poco y une por 3 a 4 minutos, solo hasta formar una masa compacta, suave y apenas quebradiza. No la amases como pan: aquí el gluten no está invitado a hacer show.
Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.

Cubre la masa y deja reposar 15 minutos, hasta que se sienta más manejable. Divide en 16 porciones iguales.
Forma dos tiras delgadas con cada porción, trénzalas suavemente y une los extremos para hacer roscas. Colócalas en una bandeja con papel manteca, dejando espacio entre ellas.
Pincela apenas con clara de huevo y termina con ajonjolí si lo quieres más de panadería. Hornea a 160 °C por 18 a 22 minutos, hasta que estén firmes, secas y apenas doradas.
Deja enfriar las roscas sobre rejilla por 10 minutos antes de servir. Deben quedar secas, crocantes y con ese aroma de anís que pide café sin negociar.