Crocanza artesanal con el toque sutil del pisco y un glaseado de nieve que se deshace en la boca. Es el sabor emblemático del sur peruano, una joya de la panadería moqueguana que equilibra lo rústico con lo elegante. Un bocado crujiente, dulce y lleno de historia.

Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.

Cierne la harina de trigo con el polvo de hornear, la sal y el azúcar blanca. Agrega el anís en grano y mezcla apenas para que el aroma quede repartido.
Incorpora la manteca vegetal y frótala con la harina por 2 minutos, hasta que la mezcla parezca arena fina y húmeda. No deben quedar pegotes grandes de grasa.
Mezcla las yemas de huevo con el pisco quebranta, el vinagre blanco y la mayor parte del agua. Añade a la harina y une por 4 minutos, hasta formar una masa firme y lisa. Si se siente seca, usa el resto del agua de a pocos.
Cubre la masa y deja reposar 15 minutos, hasta que se sienta más dócil al presionarla. Luego divídela en 12 porciones iguales.
Forma tiras parejas con cada porción, únelas en forma de rosca y sella bien la unión. Colócalas en una bandeja con papel manteca, dejando espacio entre ellas.
Hornea a 180 °C por 16 a 18 minutos, hasta que las roscas estén firmes, apenas doradas en la base y secas al tacto. Déjalas enfriar 8 minutos antes de glasear.
Mezcla el azúcar en polvo con el jugo de limón y agua de a pocos hasta lograr un glaseado espeso pero fluido. Debe caer en cinta lenta, no como agua dulce.
Baña las roscas con el glaseado y deja secar 10 minutos, hasta que la capa se vea blanca, firme y ligeramente quebradiza. Sírvelas a temperatura ambiente.