Crujientes y quebradizas, de esas que se rompen con un “crack” limpio: las roscas de yema se hacen con harina, manteca y yemas, perfumadas con anís y vainilla. Se glasean con clara y se terminan con ajonjolí. Un clásico norteño, simple y con técnica.

Vierte el agua caliente sobre el anís en grano y deja infusionar 10 minutos. Cuela y reserva la infusión tibia; debe oler dulce y marcado, pero no amargo.
Mezcla la harina, el azúcar, el polvo de hornear y la sal. Agrega la manteca vegetal y frota con los dedos hasta que la mezcla parezca arena húmeda, sin trozos grandes de grasa.
Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.

Agrega las yemas, la vainilla y la infusión de anís poco a poco. Mezcla solo hasta formar una masa firme y lisa; si amasas de más, las roscas pierden quiebre.
Cubre la masa y déjala reposar 15 minutos a temperatura ambiente. Debe sentirse maleable y compacta, no pegajosa ni seca como tierra partida.
Divide la masa en porciones parejas, forma cordones y une las puntas para hacer roscas pequeñas. Acomódalas en bandeja con papel manteca, dejando espacio entre cada una.
Bate apenas la clara hasta soltarla, pincela las roscas y espolvorea ajonjolí encima. Presiona suave para que las semillas se peguen sin deformar la rosca.
Hornea a 170 °C por 20 a 24 minutos, hasta que estén secas, firmes y doradas suaves. Enfría sobre rejilla antes de guardar para que terminen de ponerse crocantes.