Crocante adictivo y un dulzor cristalino que se funde en cada bocado. Estas rosquitas son el alma de la merienda clásica, ese sabor de panadería tradicional que te transporta a las tardes en familia. Un tesoro blanco y crujiente imposible de comer solo uno. ¡Puro sabor artesanal!

Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.

Infusiona el anís en grano con la mayor parte del agua caliente por 8 minutos. Cuela y deja entibiar; debe oler perfumado, no agresivo ni medicinal.
En un bowl, mezcla la harina, el azúcar, el polvo de hornear, la sal y la ralladura de limón. Agrega la manteca y frota con los dedos por 3 a 4 minutos, hasta formar una arena húmeda y pareja.
Incorpora las yemas y la infusión de anís poco a poco. Mezcla solo hasta formar una masa compacta y suave; si la trabajas demasiado, las rosquitas pierden esa mordida quebradiza.
Deja reposar la masa tapada por 15 minutos. Luego forma tiras delgadas, une los extremos y acomoda las rosquitas sobre una bandeja con papel manteca, dejando espacio entre ellas.
Hornea a 175 °C por 16 a 20 minutos, hasta que las bases estén doradas y la superficie se vea seca, todavía clara. Pásalas a una rejilla y deja enfriar por 20 minutos antes de bañarlas.
Mezcla el azúcar impalpable con el jugo de limón y el resto del agua, agregando el líquido de a pocos, hasta tener un baño blanco espeso pero fluido. Debe caer en cinta lenta y cubrir sin chorrear como sopa.
Baña las rosquitas frías por la parte superior y déjalas secar sobre la rejilla por 25 a 30 minutos, hasta que el glaseado esté blanco, firme y seco al tacto. Sirve a temperatura ambiente.