Sabor vibrante y ahumado definido por el balance meloso entre el tomate y las especias. Es el alma de toda parrilla, una salsa potente que reconforta y eleva cualquier bocado con su carácter rústico. Directa, equilibrada y con esa energía única que solo el fuego sabe sellar.

Calienta el aceite vegetal en una olla mediana a fuego bajo. Agrega la pasta de tomate y cocínala por 1 a 2 minutos, moviendo, hasta que se vea más oscura y huela tostada, no cruda.
Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.

Agrega el ketchup, el agua, el vinagre de manzana, la mostaza y la salsa inglesa. Bate hasta que la base quede lisa, roja y sin grumos de tomate.
Incorpora la chancaca, el azúcar rubia, el pimentón ahumado, el ajo en polvo, la cebolla en polvo, el comino, la pimienta negra, la cayena y la sal. Mezcla hasta que todo se disuelva y la salsa empiece a oler dulce, ácida y ahumada.
Cocina a fuego bajo por 18 a 22 minutos, moviendo seguido, hasta que la salsa espese, brille y cubra la cuchara con una capa fina. Si salpica demasiado, baja el fuego: la barbacoa no necesita erupción volcánica.
Deja reposar 8 minutos antes de usar o guardar. La salsa debe quedar espesa, melosa y agridulce, lista para pincelar carnes, acompañar frituras o levantar una parrilla casera.