Dulzor meloso y un aroma a canela que evoca los mejores recuerdos de la infancia. Es la merienda tradicional por excelencia, un bocado dorado que transforma la calabaza en una joya crujiente y suave a la vez. Pura calidez casera lista para compartir.

Pela la calabaza, retira semillas y córtala en cubos medianos. Ponla en una olla con el agua, la canela en rama y el clavo de olor. Cocina tapado por 15 a 18 minutos, hasta que esté muy suave
Convierte lo que encuentras en una experiencia que realmente puedes llevar a tu cocina.

Retira la canela y el clavo. Cuela la calabaza y aplástala mientras está caliente hasta formar un puré espeso. Déjalo entibiar 8 minutos para que suelte vapor y no vuelva aguada la masa.
En un bowl, mezcla el puré de calabaza con los huevos, el azúcar, el anís, la vainilla y la sal. Bate por 1 minuto, hasta que se vea una crema naranja, dulce y perfumada.
Agrega la harina y el polvo de hornear. Mezcla solo hasta tener una masa espesa, sin bolsillos secos. Debe caer de la cuchara lentamente, no correr como panqueque triste.
Calienta el aceite en una sartén a fuego medio. Fríe cucharadas de masa por tandas, 2 a 3 minutos por lado, hasta que las torrejas estén doradas, firmes en los bordes y suaves al centro.
Pasa las torrejas a papel absorbente por 1 minuto. Sirve tibias con miel de chancaca y una nube ligera de canela molida. Deben quedar melosas por encima, pero todavía con borde dorado.